El mundo visual se compone de numerosas combinaciones de colores, y durante años la humanidad se ha esforzado por controlar cada una de ellas. Fuente de la imagen: Flickr user Mary-Lynn
Recuerdo que una vez le pregunté a un niño en plena rabieta si estaba "viendo rojo". La expresión de confusión de su cara me dijo que no estaba familiarizado con el dicho, pero el color sonrojado de ira que pintó sus mejillas hizo evidente el origen de ese término. La percepción del color es una parte de nuestra vida cotidiana que a menudo damos por sentada y rara vez nos detenemos a considerar.
Vivimos en un mundo visual que depende de la percepción del color para casi todo: qué alimentos son seguros, qué cable conectar a qué fuente de energía e incluso cómo determinamos la forma en que se siente una persona sólo por el tono de su piel. Casi nunca nos paramos a pensar en lo dependientes que somos de los diferentes tonos y matices que vemos cada día. La realidad es que la percepción del color se ha convertido en un área de estudio científico muy compleja e intrincadamente precisa y nuestra necesidad de controlar las percepciones del color nos ha llevado a nuevos estándares en la medición y las técnicas del color. Nuestros ojos son increíblemente complejos, pero como el cerebro intenta filtrar la información extraña, no tenemos la agudeza visual necesaria para medir los colores con precisión. Ahí es donde entran en juego los instrumentos colorimétricos y los espectrofotómetros.