Un cambio de estación puede afectar a la forma en que percibimos los colores debido a la distinta sensibilidad y activación de los conos en respuesta a los colores ambientales. Fuente de la imagen: Unsplash usuario Lukasz Szmigiel
A estas alturas, la naturaleza subjetiva de la percepción del color es bien conocida. Factores biológicos, culturales y contextuales se combinan para producir variaciones en nuestras evaluaciones, experiencias y descripciones de la información cromática. Las investigaciones demuestran que incluso las variaciones fugaces del estado de ánimo pueden afectar a nuestra capacidad para distinguir entre colores concretos.1 Sin embargo, hay un color cuya percepción se ha considerado notablemente estable a través de espectadores y culturas: el amarillo. Aunque los humanos pueden ver el rojo, el amarillo, el verde y el azul como colores discretos libres de otros matices, las longitudes de onda específicas en las que las personas identifican el rojo, el verde y el azul únicos varían. Sin embargo, la longitud de onda del amarillo único se mantiene constante en todas las poblaciones. Un reciente intento de comprender mejor este fenómeno ha revelado una nueva e inesperada fuente de variación perceptiva.
El amarillo parece tener unas cualidades ópticas únicas que hacen que su percepción sea inusualmente estable en todas las poblaciones. Fuente de la imagen: Unsplash usuario Eric Saunders