El cerebro y el ojo humano se combinan para traducir la luz en color. Los receptores de luz del interior del ojo envían información al cerebro, que crea la percepción de los colores que vemos.

La ciencia nos ha enseñado que el color no es un atributo físico de un objeto. La superficie de un objeto refleja determinados colores y absorbe todos los demás, lo que nos permite percibir la luz reflejada.

La ciencia también ha demostrado que muchas personas pierden la capacidad de distinguir algunos colores y ven menos colores a medida que envejecen. Sin embargo, no suele afectar significativamente a su vida cotidiana.

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¿Qué altera nuestra percepción del color?

Según la Biblioteca Nacional de Medicina, los cambios en la percepción del color aumentan a medida que envejecemos. La capacidad funcional de los ojos disminuye a medida que envejecemos, del mismo modo que lo hace la capacidad de almacenamiento, receptiva y analítica del sistema nervioso central. Los cambios en nuestros ojos también pueden provocar dificultades a la hora de adaptarse a la luz brillante e incapacidad para tolerar el deslumbramiento.

Una de las principales razones por las que nuestra visión del color empeora con la edad es porque las lentes de nuestros ojos se vuelven amarillentas, lo que parece como mirar a través de un filtro amarillo. Esta distorsión puede alterar la visión amarilla y azul, impidiéndonos diferenciar el amarillo del verde y el azul del morado en algunas situaciones. Esta percepción errónea es especialmente frecuente con colores desvaídos o desvaídos.

Aunque son pocas las personas menores de 70 años que experimentan problemas de distorsión cromática, el índice aumenta significativamente a partir de esa edad. Aun así, muchos errores de percepción del color suelen pasar desapercibidos porque las distorsiones son menores.

¿Podemos recuperar nuestra percepción del color?

Aunque no podemos invertir el proceso de envejecimiento y restaurar nuestra visión al 100%, podemos tomar medidas para ayudar a mejorar y reconstruir la salud y la fuerza de nuestra visión, empezando por una dieta adecuada.

Las dietas ricas en nutrientes esenciales -como el zinc, la luteína y las vitaminas A, C y E- pueden ayudar a mejorar y mantener la salud ocular, al tiempo que reducen el riesgo de enfermedades oculares crónicas y degenerativas. En concreto, la vitamina A puede mejorar el metabolismo de la retina, y las verduras de hoja verde pueden reforzar los sistemas nervioso central e inmunitario.

Aunque las gafas no parecen ser una solución viable para recuperar la percepción de la visión, la cirugía de cataratas puede marcar la diferencia. Como la cirugía sustituye el cristalino, elimina la película amarillenta y restablece una visión relativamente nítida.

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