Los espectrofotómetros ayudan a personas y entidades a comunicar información sobre el color en todo el mundo. Fuente de la imagen: Unsplash usuario Andrew Neel
Distinguir los colores es quizá una de las actividades humanas más fundamentales. Utilizamos el color para organizar, comprender y describir objetos todos los días de nuestra vida, tanto de forma consciente como inconsciente. La carne grisácea nos avisa de que se ha estropeado. La píldora naranja nos dice que la tomemos de día. Las hojas rojas nos dicen que ha llegado el otoño. La luz verde nos dice que es seguro salir. Vestimos el color de nuestros equipos para mostrar nuestra lealtad, decimos a las visitas que nuestra casa es la blanca de la izquierda, nos vestimos de negro para demostrar nuestro luto.
Pero aunque los colores suelen considerarse hechos -el rojo es rojo, ¿verdad? - la forma en que nombramos y diferenciamos los colores es, de hecho, un proceso profundamente cultural. Esta variabilidad en la identificación de los colores en distintos idiomas y culturas plantea dificultades considerables en una economía cada vez más globalizada en la que la información sobre el color debe comunicarse a través decadenas de suministro mundiales. Por ello, las industrias recurren cada vez más a sistemas de clasificación numérica del color basados en el análisis instrumental del color para facilitar la comunicación del color.
La invención del color
A primera vista, el lenguaje del color puede parecer un proceso de descripción más que de invención; simplemente asignamos nombres a tonalidades preexistentes. Paul Kay, investigador de la Universidad de California en Berkeley, no opina lo mismo; sugiere que el propio lenguaje influye en la forma en que percibimos el color. Sus investigaciones revelan que los bebés en etapas preverbales utilizan el hemisferio derecho del cerebro para procesar el color. A medida que se introduce el lenguaje, este procesamiento pasa al lado derecho del cerebro, que también procesa el lenguaje. "La conclusión obvia es que el lenguaje está limitando la percepción del color", afirma.1
Para comprender mejor cómo se activa el cerebro para distinguir entre colores, recurrió entonces a la tecnología de imágenes cerebrales. "Cuando aparecían colores fáciles de nombrar (rojo, azul, verde), las áreas del cerebro de los sujetos dedicadas a la recuperación de palabras se mostraban más activas que cuando se les mostraban colores más complicados (rosa-púrpura, verde-azul)"2 En otras palabras, nuestra percepción del color está profundamente ligada a la disponibilidad de lenguaje para ese color. Por supuesto, no es la primera vez que se sugiere esto; el impacto del lenguaje en la percepción del color ha sido objeto de fascinantes investigaciones durante años; el experimento de Jules Davidoff con la tribu Himba, en particular, confirmó que "sin una palabra para un color, sin una forma de identificarlo como diferente, es mucho más difícil notar lo que tiene de único."3 Otras investigaciones han demostrado el aprendizaje de términos de color aumenta tanto la memoria del color como la percepción de la divergencia, reiterando que la categorización del color es un proceso social que inventa cómo se ven y entienden los colores.4
A la gente le cuesta describir eficazmente los colores fríos, mientras que le resulta más fácil hacerlo con los cálidos. Fuente de la imagen: Pexels usuario Alexander Tiupa