"Hola, Kayla", dice Levon al teléfono. "Siento hacer esto otra vez, pero tengo que quedarme hasta tarde en la planta. No volveré a casa hasta dentro de un par de horas". Bajo el resplandor de los fluorescentes, la sala de descanso destaca en todo su esplendor. En un rincón, la vieja nevera, las sillas y la mesa de plástico. En las paredes cuelgan carteles de seguridad laminados y el reloj. "Lo sé, lo sé", dice Levon. "Lo siento. Estaba deseando comer pollo a la parmesana. Puedo calentarlo cuando vuelva. No puedo hacer nada. Hyundai nos devolvió las luces traseras. Supongo que eran del rojo equivocado. Ahora tenemos que hacer unas nuevas. Al menos es algo de tiempo extra, ¿verdad? Sí, tienes razón. Vale, sí, tienes razón. Mira, me tengo que ir. Se supone que no debo estar de descanso y me multarán. Estaré en casa tan pronto como pueda, ¿vale? Te lo prometo. Te quiero. Vale, adiós". Cuelga el teléfono. El reloj hace tictac. Levon suspira y abre la puerta de la fábrica.
El color de las luces traseras, las luces de freno y los intermitentes son obligatorios por ley federal. Crédito de la imagen: Usuario de Flickr Sarah Marshall (CC BY 2.0)